edicion 2013 


  • Fernando González-Olaechea

 

 

Años más tarde Fernando González-Olaechea pudo darse cuenta de que todo comenzó en el asiento de una combi. Quizá tenía cinco años y el recuerdo que tiene de sí mismo es el de descubrirse jugando con las palabras. Ceda el asiento. Radio. Arequipa-Wilson. Cada uno de las pegatinas del vehículo –que se convertiría a partir de esos años a inicios de los noventa en el medio de transporte usual en Lima– le servía para crear nuevas palabras. Para jugar con ellas. Para poseerlas. Y para, finalmente, irse a través de ellas. Entonces no lo supo, claro. Y como nadie que él conocía gustaba por escribir, no se le ocurrió hacerlo. Y luego descubrió un libro incomprensible de Juan Ramón Jiménez. Y tras varios años se metió a una universidad porque lo suyo, se dijo, era escribir y contar cosas. Ahora tiene 27 años y sigue pensando eso. O se lo sigue repitiendo para pensarlo. Fernando consiguió un trabajo hace cinco años en El Comercio donde le pagan por escribir. Algunas de sus historias sobre Cusco –donde ha vivido un año como corresponsal–, o sobre Lima –ciudad cuya neurosis le fascina– han gustado dentro y fuera del periódico. Un premio nacional de periodismo en el que descree le infló el pecho el 2010. De alguna forma la historia de Fernando es la de un par de excusas: por eso estudió periodismo, para tener la excusa de escribir. Por eso escribe, para tener la excusa de seguir jugando. Y juega, claro, para poder irse. En España trabajó en el diario económico El Economista.



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