edicion 2013 


  • Alejo Gómez

 

 

Con 31 años de edad; 28 de ir al baño solo; 24 de lector; 15 de bebedor; diez de periodista; cinco de dar clases y seis de aspirar a la beca Balboa/Iberis, Alejo Gómez ha llegado a tener pocas cosas en claro. Pocas, sí, pero bien claras: como que las autobiografías son un subgénero de la literatura de ficción. Es cordobés –no argentino- y no tiene idea de por qué eligió periodismo. Sí sabe que fue una frontera: el antes le parece lejano y el después asoma incierto. Cuando pisó por primera vez una Redacción le dieron para leer “Tinta Roja” de Alberto Fuguet y lo sentaron en Policiales. En periodismo siempre hay algo más por aprender, pero escasean tiempo y maestros. En su diario, “Día a Día”, hace lo que puede: cubre asesinos, asaltantes, estafadores y hasta uno que otro militar genocida. No encuentra dignidad ni heroísmo en el crimen. O sí. Ganó concursos de crónicas, fue jurado del concurso que ganó, publicó un libro. Aprendió que no sólo debe mantener bien abierta la mirada para que el entrevistado sienta que puede sacar a la luz de las palabras lo que sus ojos enuncian, sino también para que el otro pueda ver que en sus ojos, Alejo deja ver su corazón, la fecundidad de su naturaleza curiosa y preguntona. En Madrid trabajó en la Agencia Alemana de Prensa (DPA).



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